Diego Estanislao Zavaleta (1904-1989)

ZavaletaDiego Estanislao Zavaleta (1904-1989), hijo mayor de Diego Zavaleta y de Mercedes Linares, nace en Salta en 1904. Era descendiente de vascos; sus antepasados vinieron a Tucumán en 1742, donde formaron el tronco paterno, y a Salta en 1784, donde se estableció la rama materna. Pasó en esta ciudad su infancia y cursó allí sus estudios primarios y secundarios. Pronto se despierta en él su vocación por la medicina y llega a Buenos Aires, donde se inscribió en la Facultad en 1922. Los comienzos fueron duros, ya que contaba con escasos recursos económicos. Acaba la licenciatura en 1928, cuando tenía apenas 24 años de edad. Se ayuda con el sueldo que le proporciona el cargo de profesor en Ciencias Biológicas en el Colegio Nacional B. Rivadavia, y con un cargo que le angustia, en un dispensario para leprosos. Pero ya la cirugía se ha adueñado de él; entra en el servicio de Sobrecasas, del Hospital Alvear, y poco después, en 1932, consigue por concurso el ansiado puesto de médico interno. Permanecerá casi 14 años en este cargo, forja de cirujanos. Sus guardias le proporcionan un trabajo extenuante, que sabe sobrellevar merced a su vigor físico, espíritu de trabajo y temple heroico.

El año 1931 marca un jalón en la carrera de Zavaleta: conoce a Ricardo Finochietto, que ha sido designado jefe de servicio en el Hospital Alvear. Él y otros seis jóvenes cirujanos constituyen el plantel de lo que será más adelante la formidable Escuela Quirúrgica Municipal para graduados, y que dará sus frutos en el Hospital Rawson. Con los años, Zavaleta es el discípulo número uno del jefe, y ocupa el cargo de subdirector de la escuela.

Veinte años permanece en el Servicio de Ricardo Finochietto, hasta 1951, en el que obtiene por concurso-oposición la jefatura de la Sala XV del Hospital Rawson.

Zavaleta DiegoUriburu cuenta (y transcribo su escrito en el que ensalza al maestro):

«[Finochietto] me llamó y me dijo: "Zavaleta inicia una aventura en un territorio donde nunca estuvo. Es bueno que lleve un ladero. Usted que es su gran amigo, vaya con él y acompáñelo". Fue así que tuve el honor de que Zavaleta me llevara a su Servicio, que pronto fue un centro de atracción para jóvenes cirujanos. Allí me distinguió con su amistad y me brindó sus enseñanzas. Fui su discípulo y amigo. Zavaleta era un amigo como pocos, y así supo hacerse querer por quienes se preciaron de su amistad».

Continúa contando:

« (...) es en la Sala XV donde, inspirado por las enseñanzas que antes recibiera de los hermanos Enrique y Ricardo Finochietto y por lo que le dicta su experiencia y personalidad, creó su propia escuela. Allí, además de ejercer su profesión de la mejor manera posible, con criterio humano y científico, su gran satisfacción profesional residió en el hecho de haber contribuido a la formación de jóvenes médicos que, inclinados hacia la cirugía, se colocaron a su lado. También, decía, era su felicidad el haber trabajado con ahínco en el perfeccionamiento del posgraduado. Es que Zavaleta era un maestro nato y se brindaba generosamente a sus discípulos. Simultáneamente con su actuación en el Rawson, se inicia (en 1956) su labor en el hospital Bartolomé Churruca, siendo distinguido con el cargo de asesor de cirugía (en 1964). También allí dejó una pléyade de discípulos.

Fue uno de los últimos cirujanos «generales» a la manera de sus maestros, los Finochietto. Podía intervenir en cualquier órgano o aparato, ninguno le estaba vedado. Para él, la cirugía no tenía secretos. Bien que le había costado largas noches en vela, disecando en la lóbrega soledad del anfiteatro y luego estudiando en su biblioteca, para verter sus conocimientos, así sólidamente adquiridos, en el paciente que se le entregaba confiado en su maestría.

Incisión descarga ZavaletaOperaba a la perfección, con seguridad y técnica depurada: daba gusto verle operar y más todavía actuando como su asistente. Era incansable, podía permanecer por la mañana largas horas en el quirófano del hospital y luego seguir, con el mismo ritmo, por la tarde en la sala de operaciones del sanatorio.

Activo societario, presidió la Academia Argentina de Cirugía, El Colegio Argentino de Cirujanos, el 43.º  Congreso Argentino de Cirugía y la Asociación Argentina de Cirugía. En todos ellos dejó huella de su capacidad y brillante personalidad.

En 1972 se produce un acto trascendental en la carrera de Zavaleta: se incorpora como académico titular en el sitial núm. 8 de la Academia Nacional de Medicina. Allí trabajó con tesón, y pronto fue llevado al Consejo, ocupando, sucesivamente, los cargos de tesorero, secretario general, vicepresidente y presidente en 1984 y 1985, cargos que desempeñó con sabiduría y ecuanimidad. Fue un activo escritor médico: libros y numerosos artículos así lo prueban. Destacó también en trabajos paramédicos sobre ética y sobre el ejercicio profesional. Hasta pocos meses antes de su muerte, permaneció en su escritorio escribiendo sus memorias (que nunca se publicaron). Allí, rodeado de la fantasmal compañía de sus amigos-libros, se deleitaba con las lecturas en las pocas horas libres que le dejaba el intenso ejercicio de su profesión. Tenía una completa biblioteca, no solo de medicina, sino de historia, arte y literatura. Bien conocía a Letamendi aquello que "Aquel que os dice que sólo de medicina sabe, creedme, que ni de eso sabe".

Su simpatía personal, su bondad, su afecto y cariño por el que sufre serán recordados por todos sus pacientes y amigos. Supo siempre vivir con dignidad, y con dignidad llevó su larga y dolorosa enfermedad final, recibiendo con entereza los Santos Sacramentos poco antes de su muerte.

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De él, como de pocos, puede decirse con justicia lo que pensaba del iatrós, del médico; aquel que como nadie conoció los dioses y a los mortales, a los héroes y a los cobardes, a los sabios y a los necios: es el viejo Homero, quien, en un perfecto hexámetro griego de su poema La Ilíada, dice:

"Iatrós gar anér pollón, antáxios állon" ('Pues el médico es un hombre que vale por muchos otros').

Médico de estirpe, a la vez humana y heroica, fue Zavaleta; por eso, su recuerdo permanecerá siempre vivo entre aquellos que lo conocieron, amaron y respetaron».

Así acaba su discípulo Uriburu el escrito.


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aparece en un capítulo de nuestro libro Eventraciones. Otras hernias de pared y abdominal, por méritos propios, por haber descubierto y practicado técnicas personales de reparación con injertos de piel, para la reparación de la hernia ventral, como ya hemos citado. Hasta en el Tratado de Técnica Quirúrgica de Philipe Detrie, dirigido por Jean Patel (Ed. Toray Masson. Barcelona: 1972) viene descrita su técnica con figuras y la cita bibliográfica de los dos amigos: D. E. Zavaleta y J.V. Uriburu: Considérations techniques sur les eventrations sus-umbilicales et, en particulier, sur l´emploi des greffes. Rev. As. Med. Argent. 15-30 Sept. 1951 65;709-710 págs. 373-375: «Autor de numerosos trabajos publicados en español, editoriales dedicadas a las hernias y de capítulos en libros de cirugía como el libro Eventraciones en Romero Torres, R. Tratado de Cirugía. Interamericana. México: 1894».

Puede encontrar más información de Diego Zavaleta en el portal informátivo de Salta

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