Resumen / Abstract
Justinus Kerner (1786-1862)1, médico y poeta alemán, descubrió en 1817 la toxina botulínica. La describió como un potente veneno de origen bacteriano que puede contaminar alimentos y cuya ingesta origina botulismo, descrito también por él, en 1822, como una enfermedad paralizante y mortal. A Kerner se le conoce como el padre de la investigación con la toxina botulínica. Experimentó sus efectos sobre sí mismo, y vaticinó que «la toxina tendría muchas aplicaciones médicas». No imaginó cuantas y, menos aún, que algún día se relacionaría con la hernia de pared abdominal. La toxina botulínica es producida por bacterias Clostridium sp. (Botulinum, Butyricum, Argentinense, Baratii), que producen 8 serotipos, de la A a la H2. De ellos, solamente los serotipos A y B están disponibles en fórmulas comerciales para su uso clínico. La toxina botulínica A (TBA) es la más utilizada: su efecto es reversible y su aplicación intramuscular tiene una duración de 4-6 meses, al término de los cuales los músculos se recuperan totalmente3. Es un biológico con amplia seguridad. La dosis tóxica en primates fue de 33 UR/kg, mientras que la dosis letal fue de 38 UR/kg, 2 000 UR (20 viales) para Botox® y 5 000 UR (10 viales) para Dysport®. Ambas dosis se encuentran muy por encima de las dosis clínicas habituales: se recomienda no exceder de 400 UR (4 viales por sesión de Botox®) y 1 000 UR (2 viales por sesión de Dysport®)4. Scott5 informó, en 1980, del uso clínico de la TBA para tratar el estrabismo. Inició una nueva etapa en el ámbito de la investigación clínica con este biológico. En 1992, Carruthers y Carruthers6 informaron del uso cosmético de la TBA en las arrugas del entrecejo, con lo que abrieron al mundo el uso cosmético de este producto. Por otra parte, Ibarra-Hurtado et al.7 escribieron en 2009 el primer trabajo del uso de la TBA en pacientes con hernia ab […]